Cuando sexualizarse se convierte, para algunas personas, en una supuesta autorización
Hace unos días, el cantante mexicano El Malilla denunció haber sido tocado sin su consentimiento durante una presentación en San Antonio, Texas. El propio artista hizo público el incidente en redes sociales y posteriormente comenzó a circular un video del momento, en el que se observa cómo una persona del público extiende la mano hacia su entrepierna y él reacciona alejándose.
La situación generó apoyo, pero también una serie de comentarios que llaman especialmente la atención.
Algunas personas argumentaron que no tenía derecho a quejarse porque suele mostrar su cuerpo, sexualizar su imagen o cantar canciones de contenido sexual. Otros plantearon que, al “provocar” a su público, debía asumir que alguien podía tocarlo.
En otras palabras:
“Si te sexualizas, te expones.”
“Si enseñas tu cuerpo, ¿qué esperabas?”
“Tú provocas a la gente.”
“Es el riesgo de mostrarte así.”
¿Te suenan familiares?
Probablemente sí.
Porque son argumentos que durante décadas hemos escuchado principalmente cuando una mujer denuncia una situación de acoso o violencia sexual.
Y precisamente por eso este caso nos permite hacer una pregunta incómoda:
¿Qué pasa cuando aplicamos a un hombre el mismo argumento que tantas veces hemos utilizado para responsabilizar a las mujeres?
Sexualización no significa consentimiento
Empecemos por algo fundamental:
Una persona puede querer ser mirada y no querer ser tocada.
Puede vestirse de manera provocativa.
Puede bailar sensualmente.
Puede publicar fotografías mostrando su cuerpo.
Puede cantar canciones sexuales.
Puede coquetear.
Puede hablar abiertamente de su sexualidad.
Y ninguna de esas cosas constituye, por sí misma, consentimiento para que otra persona toque su cuerpo.
El consentimiento no se obtiene por interpretar señales, por asumir que alguien “lo estaba provocando” o por considerar que determinada persona es sexualmente disponible.
Debe existir una decisión libre respecto al contacto específico.
RAINN, una de las principales organizaciones estadounidenses dedicadas a la prevención y atención de la violencia sexual, señala precisamente que el consentimiento no debe asumirse a partir de la ropa, el coqueteo, encuentros anteriores o la ausencia de resistencia.
Esto parece bastante sencillo.
Entonces, ¿por qué seguimos discutiéndolo?
“Pero él se sexualiza”
Aquí aparece uno de los argumentos más interesantes del caso.
Sí: El Malilla construye una imagen pública que incorpora sexualidad, sensualidad y provocación.
Pero una cosa es decidir cómo quieres presentar tu cuerpo y otra completamente distinta es entregar el control sobre ese cuerpo a cualquier persona que te encuentre atractivo.
Imaginemos otro escenario.
Una mujer publica constantemente fotografías en ropa interior.
¿Eso significa que cualquiera puede tocarla?
No.
Una persona que trabaja como modelo erótica, ¿pierde por eso el derecho a decidir quién puede tocarla?
Tampoco.
Una persona que baila de manera sexual durante una presentación, ¿está autorizando automáticamente al público a tocar sus genitales?
Evidentemente no.
Entonces, ¿por qué el razonamiento parece cambiar cuando hablamos de un hombre?
La doble moral también puede afectar a los hombres
Aquí es importante hacer una precisión.
Hablar de lo ocurrido con El Malilla no significa ignorar que la violencia sexual afecta de manera desproporcionada a las mujeres ni borrar las desigualdades de género que existen detrás de ella.
De hecho, la violencia sexual contra las mujeres está profundamente relacionada con normas de género, desigualdad y dinámicas históricas de poder. La OMS reconoce la violencia sexual como un importante problema de salud pública y de igualdad de género.
Pero reconocer esa realidad no significa que debamos minimizar cuando un hombre experimenta un contacto sexual que no consintió.
La violencia y el acoso sexual no dejan de ser problemáticos porque la persona afectada sea hombre.
Y aquí aparece otro estereotipo:
“A un hombre debería gustarle.”
Esta idea también forma parte de una concepción dañina de la masculinidad.
Se supone que los hombres siempre quieren sexo.
Que siempre disfrutan la atención sexual.
Que deberían sentirse halagados cuando alguien los toca.
El problema psicológico del “se lo buscó”
Uno de los mecanismos que podemos observar en estos casos es el victim blaming, o culpabilización de quien experimentó la agresión.
En lugar de preguntar:
“¿Por qué alguien decidió tocarlo sin su consentimiento?”
la conversación cambia hacia:
“¿Por qué se viste así?”
“¿Por qué enseña su cuerpo?”
“¿Por qué provoca?”
“¿Por qué se acerca al público?”
La atención deja de estar en la conducta de quien cruzó el límite y se coloca sobre la persona que experimentó la conducta.
ONU Mujeres identifica precisamente la culpabilización de las víctimas como uno de los mecanismos que contribuyen a mantener la cultura de la violación, y señala que la vestimenta y la sexualidad de una persona no son argumentos para justificar una agresión sexual.
Esto es importante porque buscar una explicación no es lo mismo que buscar culpables.
Podemos preguntarnos qué factores influyen en que alguien cruce los límites de otra persona.
Pero decir “se lo buscó” desplaza la responsabilidad.

El escenario tampoco convierte el cuerpo en propiedad del público
Otro elemento interesante es el contexto.
El Malilla estaba trabajando.
Estaba sobre un escenario.
Interactuaba con su público.
Pero el hecho de que una persona sea artista y tenga contacto cercano con sus seguidores no significa que el público tenga acceso irrestricto a su cuerpo.
La cercanía forma parte del espectáculo.
El consentimiento sigue siendo individual.
Esto también ocurre fuera de los conciertos.
Que una persona sea famosa no significa que cualquiera pueda abrazarla.
Que alguien sea influencer no significa que cualquiera pueda tocarla.
Que una persona publique fotografías íntimas no significa que haya autorizado contacto físico.
La admiración tampoco es consentimiento.
¿Por qué algunas personas minimizan estas experiencias?
La psicología social nos ayuda a entender por qué determinadas situaciones reciben respuestas tan diferentes dependiendo de quién las vive.
Las ideas que tenemos sobre hombres y mujeres influyen en la manera en que interpretamos sus experiencias.
Por ejemplo, existe una expectativa cultural de que las mujeres deben ser especialmente cuidadosas con su comportamiento sexual, mientras que los hombres son representados como personas que siempre desean actividad sexual.
Eso puede generar una contradicción:
Si una mujer es sexualizada y denuncia un contacto no deseado, algunas personas preguntan qué hizo para provocarlo.
Si un hombre es sexualizado y denuncia un contacto no deseado, algunas personas pueden preguntarse por qué se queja si “debería haberle gustado”.
En ambos casos encontramos el mismo problema:
se está interpretando el comportamiento de la persona como una autorización para invadirla.
La investigación psicológica también ha encontrado que las percepciones sobre quién “parece” una víctima pueden afectar la credibilidad con la que se reciben las denuncias de acoso sexual.
Esto demuestra algo importante: nuestras ideas preconcebidas pueden influir en la manera en que interpretamos una misma conducta.
¿Y qué pasa con la perspectiva de género?
Aquí es donde el caso resulta especialmente interesante.
La perspectiva de género no debería utilizarse para decidir a quién creemos y a quién no dependiendo de su género.
Debería ayudarnos a identificar cómo los estereotipos de género afectan a todas las personas.
Las mujeres han sido históricamente responsabilizadas por la violencia que experimentan mediante frases como:
“¿Para qué se vistió así?”
“¿Para qué salió sola?”
“¿Para qué estaba coqueteando?”
“¿Qué esperaba?”
Y ahora podemos observar una versión muy similar dirigida hacia un hombre:
“¿Para qué enseña el cuerpo?”
“¿Para qué se sexualiza?”
“¿Qué esperaba?”
La respuesta no debería ser cambiar de víctima.
Debería ser cuestionar el argumento.
Porque si creemos que una mujer conserva su derecho a decidir sobre su cuerpo aunque sea sexualmente expresiva, entonces debemos reconocer exactamente el mismo derecho en un hombre.
El consentimiento no depende del género
Esta es probablemente la idea más importante que podemos llevarnos del caso:
El consentimiento no funciona de manera diferente dependiendo de quién tengas enfrente.
No existe un consentimiento “para mujeres” y otro “para hombres”.
No existe un consentimiento especial para artistas.
No existe un consentimiento especial para personas atractivas.
No existe un consentimiento especial para quienes producen contenido sexualizado.
Y tampoco existe un consentimiento especial para quienes nos gustan.
El consentimiento tiene que ver con algo mucho más sencillo:
¿La persona quiere que ocurra ese contacto?
Si la respuesta es no, el límite está ahí.
¿Qué podemos aprender de este caso?
Más allá de El Malilla, este episodio nos permite cuestionar varias ideas que todavía están muy normalizadas:
1. Ser sexual no significa estar disponible
La expresión sexual de una persona pertenece a su autonomía. No es una invitación permanente.
2. El deseo no es consentimiento
Que alguien te parezca atractivo no significa que puedas tocarlo.
3. El silencio tampoco es consentimiento
No reaccionar como esperamos, quedarse paralizado o tardar en procesar lo ocurrido no convierte automáticamente una situación en consentida.
4. La ropa no da permiso
Ni un vestido corto, ni un escote, ni un traje ajustado, ni un cuerpo descubierto.
5. La profesión tampoco da permiso
Ser cantante, modelo, bailarín, influencer o creador de contenido sexualizado no elimina los límites personales.
6. Ser hombre tampoco significa que debas disfrutarlo
La masculinidad no debería exigir que un hombre interprete cualquier atención sexual como algo positivo.
Entonces, ¿El Malilla “se lo buscó”?
No.
Podemos cuestionar su música.
Podemos cuestionar la manera en que construye su imagen.
Podemos debatir la sexualización dentro del reguetón.
Podemos hablar sobre cómo las industrias del entretenimiento utilizan el cuerpo y el deseo para generar atención.
Lo que no podemos hacer es convertir cualquiera de esas discusiones en una autorización para tocar a alguien sin su consentimiento.
Porque ahí estamos confundiendo dos cosas completamente distintas:
“Decidí mostrar mi cuerpo.”
y
“Decidiste que podías tocarlo.”
La primera decisión le pertenece a la persona.
La segunda también.
Y nadie puede tomarla por ella.
Conclusión
El caso de El Malilla puede parecer, a primera vista, una anécdota más de redes sociales. Sin embargo, los comentarios que surgieron alrededor muestran algo mucho más profundo: todavía existen ideas que relacionan la apariencia, la sexualidad y la disponibilidad corporal.
Cuestionar esa lógica es importante no solo para proteger a las mujeres —que continúan enfrentando una violencia sexual desproporcionada—, sino también para construir una cultura en la que todas las personas puedan expresar su sexualidad sin que eso sea interpretado como una renuncia a sus límites.
La solución a la violencia sexual no está en enseñar a las personas a dejar de mostrarse.
Está en enseñar a respetar.
El cuerpo de alguien no se convierte en público solo porque decidió mostrarlo.
Referencias
- Organización Mundial de la Salud (OMS). Violencia contra la mujer. Consultar OMS
- ONU Mujeres. Dieciséis maneras de enfrentarte a la cultura de la violación. Consultar ONU Mujeres
- RAINN. Consent 101: Respect, Boundaries, and Building Trust. Consultar RAINN
- RAINN. Get the Facts About Sexual Assault & Rape. Consultar RAINN
- American Psychological Association. Sexual harassment claims by less feminine women perceived as less credible. Consultar APA
- Imagenes instagram el malilla
- Excélsior. El Malilla denuncia que lo tocaron sin consentimiento durante un show. Consultar la nota
- Infobae México. El Malilla denuncia acoso durante concierto en San Antonio, Estados Unidos. Consultar la nota
- Ovaciones. Toquetean al Malilla en concierto y se enciende la polémica. Consultar la nota
