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De la frustración a la violencia: qué nos revela el caso de los gemelos de Torreón sobre la comunidad INCEL y la radicalización digital

Cuando la violencia no comienza con un arma, sino con una idea

El pasado 1 de octubre de 2026, la comunidad de Torreón, Coahuila, fue sacudida por un ataque ocurrido en una escuela secundaria. Dos hermanos gemelos de 18 años, exalumnos del plantel, ingresaron armados con machetes y artefactos pirotécnicos. La agresión terminó con el asesinato de la subdirectora Nedi Edit Nevárez y dejó a otras personas heridas.

Los jóvenes fueron detenidos y posteriormente vinculados a proceso por homicidio calificado y homicidio en grado de tentativa. Las investigaciones continúan. (El País)

Pero hay un elemento que ha llamado particularmente la atención: las autoridades investigan si los jóvenes tenían vínculos con comunidades digitales que glorifican a personas responsables de otros ataques violentos.

La Fiscalía informó que entre sus pertenencias encontraron imágenes relacionadas con agresores de ataques ocurridos en otros países y que existían indicios de interés por pertenecer a grupos que exaltan a estos perpetradores. También se investiga una posible afinidad con comunidades incel, aunque esta relación todavía no ha sido confirmada oficialmente. (La Jornada)

Esto abre una pregunta mucho más amplia que la del caso particular:

¿Qué sucede cuando el resentimiento encuentra una comunidad que lo valida, una ideología que lo explica y un entorno digital que lo amplifica?

¿Qué significa realmente “INCEL”?

“Incel” proviene de involuntary celibate, es decir, “célibe involuntario”.

El término originalmente podía utilizarse para describir a personas que experimentaban dificultades para establecer relaciones afectivas o sexuales. Sin embargo, con el paso del tiempo surgieron comunidades digitales en las que algunas personas comenzaron a transformar esa experiencia de frustración en una explicación ideológica del mundo.

En los sectores más radicalizados de la llamada incelosfera aparecen ideas como que las mujeres son responsables de la frustración de determinados hombres, que las relaciones afectivas funcionan como una jerarquía en la que solamente algunos hombres tienen acceso al afecto o al sexo, y que quienes son rechazados han sido víctimas de una injusticia que debe ser vengada.

La investigación académica ha identificado en estos espacios discursos de misoginia, deshumanización, antifeminismo y legitimación de la violencia. Una revisión de investigaciones sobre el fenómeno señala además que internet ha facilitado la construcción de una identidad grupal alrededor de estas ideas y la normalización de discursos violentos. (DOI)

Pero aquí es importante hacer una distinción:

Sentirse solo, tener dificultades para establecer relaciones o experimentar rechazo no convierte a una persona en incel ni mucho menos en una persona violenta.

El problema aparece cuando esas experiencias comienzan a interpretarse desde una ideología que convierte el dolor en resentimiento y el resentimiento en odio hacia un grupo.

Del dolor al resentimiento: cuando una experiencia personal se convierte en una explicación del mundo

Desde la psicología podemos entender este proceso como algo más complejo que simplemente “estar enojado”.

Una persona puede experimentar rechazo, soledad, inseguridad, aislamiento o dificultades para establecer vínculos. Estas experiencias pueden generar tristeza, vergüenza, frustración o sensación de fracaso.

Hasta ahí, estamos hablando de experiencias humanas.

El riesgo aparece cuando una comunidad ofrece una explicación cerrada:

“No tienes pareja porque las mujeres son así.”

“No eres aceptado porque existe una conspiración social contra ti.”

“Otros hombres tienen lo que tú mereces.”

“Las mujeres te deben atención.”

“Tu sufrimiento es culpa de ellas.”

La emoción deja entonces de dirigirse hacia una experiencia concreta y comienza a convertirse en una identidad.

Ya no es:

“Estoy sufriendo porque me siento solo.”

Sino:

“Estoy sufriendo porque ellas me hicieron esto.”

Ese cambio es psicológicamente importante.

Porque cuando el sufrimiento adquiere un enemigo, el enojo puede sentirse más justificable.

El papel de las comunidades digitales

Internet no inventó la misoginia, pero sí puede modificar la velocidad con la que determinadas ideas encuentran personas que las comparten.

Una persona que se siente aislada puede entrar a un espacio digital buscando comprensión. Al principio puede encontrar otras personas que hablan de soledad, inseguridad o rechazo.

Eso puede generar una sensación genuina de pertenencia:

“Aquí sí me entienden.”

El problema comienza cuando la comunidad deja de acompañar el malestar y empieza a reforzar una explicación basada en el odio.

La persona puede pasar progresivamente de:

soledad → frustración → resentimiento → identificación grupal → deshumanización → justificación de la violencia.

No significa que todas las personas que atraviesan esas etapas terminarán siendo violentas. La radicalización no es automática ni lineal.

Pero sí permite comprender por qué las comunidades que normalizan el odio pueden convertirse en factores de riesgo.

Una investigación que analizó más de 3,600 comentarios relacionados con el ataque de Toronto de 2018 encontró un apoyo significativo a la violencia entre usuarios que se identificaban con comunidades incel. Los investigadores identificaron que algunos interpretaban la violencia como una forma de venganza, una manera de obtener reconocimiento o incluso una forma de reforzar determinada idea de masculinidad. (PubMed)

Cuando otros agresores se convierten en referentes

Uno de los aspectos que vuelve especialmente preocupante el caso de Torreón es la investigación sobre la admiración hacia perpetradores de ataques anteriores.

Esto no es un detalle menor.

En determinados espacios extremistas, quienes cometen actos de violencia pueden convertirse en símbolos, referentes o incluso figuras idealizadas.

Así ocurrió con Elliot Rodger, responsable del ataque de Isla Vista, California, en 2014.

Rodger había expresado un profundo resentimiento hacia las mujeres y hacia los hombres que mantenían relaciones con ellas. Antes del ataque dejó escritos y videos en los que hablaba de venganza.

Posteriormente, investigadores documentaron cómo algunos sectores de la comunidad incel comenzaron a convertirlo en una figura simbólica, llegando incluso a referirse a él como “Saint Elliot”. (OUP Academic)

Este fenómeno resulta particularmente importante porque crea una especie de ciclo de imitación:

un ataque ocurre → recibe atención → el perpetrador adquiere notoriedad → una comunidad lo interpreta como un símbolo → otras personas consumen ese contenido → el agresor puede convertirse en modelo para futuras acciones.

Por eso, estudiar solamente al perpetrador individual puede quedarse corto.

También tenemos que preguntarnos:

¿Qué ocurre alrededor de esa 

Casos similares: de México al contexto internacional

El caso de Torreón no ocurre en un vacío. En México y otros países existen antecedentes de ataques en los que las autoridades o investigaciones posteriores han encontrado elementos relacionados con misoginia, comunidades digitales violentas o admiración hacia otros perpetradores.

Lázaro Cárdenas, Michoacán: marzo de 2026

Uno de los antecedentes más recientes ocurrió el 24 de marzo de 2026, en el Colegio Antón Makarenko, en Lázaro Cárdenas, Michoacán.

Un adolescente de 15 años ingresó al plantel con un arma larga y disparó contra dos maestras, María del Rosario y Tatiana, de 36 y 37 años. Ambas perdieron la vida. El adolescente fue detenido y la Fiscalía de Michoacán inició una investigación. (Gobierno de México)

El caso adquirió especial relevancia dentro de la conversación sobre radicalización digital porque medios locales reportaron que el adolescente presuntamente tenía en su perfil de Instagram imágenes relacionadas con el movimiento incel. Las autoridades también analizaron sus redes sociales y dispositivos para determinar las circunstancias y posibles motivaciones del ataque. (Quadratín Michoacán)

Esto no permite afirmar que pertenecer a una comunidad digital haya sido la causa del ataque. La investigación debe determinar qué factores estuvieron involucrados.

Sin embargo, el caso resulta relevante porque muestra cómo los contenidos digitales pueden convertirse en una pieza más dentro de un proceso de radicalización, especialmente cuando aparecen junto con otros indicadores de violencia, misoginia o admiración por perpetradores de ataques anteriores.

Ciudad de México: el caso del CCH Sur

Otro antecedente mexicano ocurrió en 2025 en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Sur de la UNAM, donde un estudiante atacó a otros alumnos en las instalaciones del plantel. Uno de los jóvenes murió.

El caso también generó atención debido a los presuntos vínculos del agresor con comunidades incel y a la discusión sobre el consumo de contenido misógino y violento en internet. (Quadratín Michoacán)

Estos casos son especialmente importantes porque permiten observar que la conversación sobre radicalización digital y misoginia no pertenece únicamente a otros países. También existe una realidad mexicana que necesita ser estudiada desde la prevención, la educación y la salud mental.

¿Qué tienen en común estos casos?

No todos estos ataques tienen las mismas causas y sería incorrecto afirmar que pertenecen a una única categoría.

Pero existen elementos que merecen atención cuando aparecen combinados:

  • consumo de contenido violento;
  • misoginia o desprecio hacia las mujeres;
  • aislamiento social;
  • sentimiento de rechazo o agravio;
  • identificación con otros perpetradores;
  • comunidades digitales que refuerzan el resentimiento;
  • glorificación de ataques anteriores;
  • fantasías de venganza;
  • y, en algunos casos, acceso a armas.

La presencia de uno de estos elementos no significa que una persona vaya a cometer violencia.

La importancia está en observar cómo pueden interactuar entre sí y, especialmente, qué ocurre cuando una comunidad comienza a presentar el odio y la violencia como respuestas legítimas ante la frustración.

Por eso, estudiar casos como Torreón, Lázaro Cárdenas no debería servir para encontrar una etiqueta rápida para sus responsables.

Debería servir para hacer una pregunta mucho más útil:

¿Qué señales de radicalización podemos identificar antes de que el resentimiento se convierta en violencia?

El problema psicológico no es “tener frustración”

Es importante no patologizar la soledad.

Una persona puede sentirse rechazada, no tener pareja, sentirse insegura o experimentar dificultades sociales sin desarrollar odio hacia otras personas.

El problema aparece cuando la frustración se transforma en entitlement, es decir, en la idea de que otras personas están obligadas a satisfacer nuestras necesidades emocionales, sexuales o afectivas.

Nadie le debe una relación a otra persona.

Nadie está obligado a corresponder un sentimiento.

Nadie pierde su derecho a decir “no” porque alguien haya invertido tiempo, dinero, afecto o esfuerzo.

Y el rechazo no constituye una agresión que deba ser vengada.

Esta diferencia es fundamental para comprender el problema.

Porque cuando una persona interpreta el rechazo como una injusticia que alguien debe pagar, el vínculo afectivo deja de entenderse como un encuentro entre dos personas con libertad y comienza a entenderse como una transacción:

“Yo hice esto, por lo tanto tú me debes aquello.”

Ese pensamiento puede alimentar dinámicas de control, violencia y deshumanización.

¿Y qué papel juega la masculinidad?

Hablar de estos casos también implica hablar de cómo aprendemos a relacionarnos con las emociones.

A muchos hombres se les enseña desde edades tempranas que deben ser fuertes, independientes, sexualmente exitosos, competitivos y capaces de controlar las situaciones.

Pero no siempre se les enseña con la misma fuerza a identificar tristeza, pedir ayuda, tolerar el rechazo, construir vínculos de amistad o expresar vulnerabilidad.

Cuando el único sentimiento que parece socialmente permitido es el enojo, otras emociones pueden terminar expresándose a través de él.

La tristeza puede convertirse en irritabilidad.

La vergüenza puede convertirse en humillación hacia otras personas.

La inseguridad puede convertirse en necesidad de demostrar poder.

La soledad puede convertirse en resentimiento.

Esto no significa que la masculinidad produzca violencia.

Significa que determinadas formas rígidas de entender la masculinidad pueden dificultar el desarrollo de recursos emocionales saludables.

No todo se explica por salud mental

Después de un ataque de estas características suele aparecer una explicación rápida:

“Era una persona enferma.”

Pero esta explicación puede ser insuficiente y, en algunos casos, estigmatizante.

La violencia no puede explicarse automáticamente por la presencia de un trastorno mental.

La radicalización, la misoginia, las experiencias de exclusión, las dinámicas familiares, las características individuales, el acceso a medios de violencia y las comunidades digitales pueden interactuar de maneras diferentes.

En el caso de Torreón, las autoridades continúan investigando las circunstancias y motivaciones específicas de los agresores. Por eso sería irresponsable presentar una única causa psicológica como explicación definitiva.

La pregunta más útil no es:

“¿Qué diagnóstico tenía?”

Sino:

“¿Qué factores se fueron acumulando y qué señales pudieron haber sido detectadas antes de que la violencia ocurriera?”

¿Qué podemos hacer frente a este fenómeno?

Prevenir la radicalización no significa vigilar a cada adolescente que pasa tiempo en internet.

Significa generar alternativas.

1. Hablar sobre rechazo y frustración

Necesitamos enseñar que ser rechazado no significa ser menos valioso y que una relación afectiva no es un derecho que otra persona tenga que concedernos.

2. Enseñar alfabetización digital

No basta con enseñar a utilizar redes sociales.

También necesitamos aprender a reconocer cuándo un contenido está manipulando nuestras emociones, reforzando prejuicios o convirtiendo el odio en entretenimiento.

3. Crear espacios donde los hombres puedan hablar de vulnerabilidad

Hablar de soledad, inseguridad, miedo o tristeza no debería ser considerado una amenaza a la masculinidad.

Pedir ayuda también es una habilidad.

4. Tomar en serio las amenazas

Publicaciones que anuncian violencia, amenazas específicas, glorificación de ataques anteriores o planes concretos no deberían normalizarse como “bromas de internet”.

Cuando existe un riesgo real e inmediato, corresponde buscar ayuda de las autoridades y servicios de emergencia.

5. No responder al odio con más aislamiento

La prevención también requiere construir comunidades donde las personas puedan encontrar pertenencia sin que esa pertenencia dependa de odiar a alguien más.

También tenemos que hablar de las víctimas

Cuando analizamos un ataque, existe una tendencia a dedicar casi toda la conversación al agresor:

qué pensaba, qué publicó, qué consumía, qué problemas tenía y qué lo llevó a hacerlo.

Pero las víctimas no deberían convertirse en personajes secundarios de su propia historia.

En Torreón, la subdirectora Nedi Edit Nevárez perdió la vida mientras se encontraba en su lugar de trabajo. Otras personas resultaron heridas.

Hablar de los factores que pueden contribuir a la violencia no significa centrar toda nuestra atención en quien la ejerció.

La prevención debe poner en el centro a quienes fueron afectados y a las comunidades que quedan después de un acontecimiento traumático.

Una conversación que no podemos seguir posponiendo

El caso de Torreón todavía está siendo investigado.

Por eso, más que apresurarnos a ponerle una etiqueta definitiva a sus responsables, podemos utilizar lo ocurrido para mirar un fenómeno que sí está documentado: la manera en que determinadas comunidades digitales pueden transformar experiencias de soledad y frustración en discursos de odio, y cómo esos discursos pueden llegar a legitimar la violencia.

No toda persona solitaria es peligrosa.

No todo hombre que tiene dificultades para relacionarse es un incel.

No toda persona que participa en una comunidad digital terminará radicalizándose.

Pero tampoco podemos ignorar las señales cuando una comunidad comienza a presentar la violencia como una respuesta legítima al rechazo.

La prevención empieza mucho antes de que alguien tome un arma.

Empieza cuando aprendemos a reconocer el resentimiento, cuestionar las ideas que lo alimentan y construir formas más saludables de pertenencia.

Porque una sociedad que enseña a sus integrantes que el rechazo puede enfrentarse con violencia no está resolviendo la soledad.

Está convirtiendo el dolor en una amenaza.

Y ahí es donde la salud mental, la educación, la perspectiva de género y la responsabilidad digital tienen que encontrarse.

Herramientas para quien lee

Si tú o alguien cercano está atravesando una etapa de aislamiento, enojo o resentimiento, algunas preguntas pueden ayudar:

  • ¿Estoy convirtiendo una experiencia personal en una explicación sobre todo un grupo de personas?
  • ¿El contenido que consumo me ayuda a comprender lo que siento o aumenta mi enojo?
  • ¿Estoy rodeándome únicamente de personas que confirman mis ideas?
  • ¿Puedo hablar de mi frustración sin responsabilizar a otras personas de ella?
  • ¿Tengo espacios fuera de internet donde pueda construir vínculos reales?
  • ¿Puedo pedir ayuda antes de que el enojo se convierta en una conducta que lastime a alguien?

Y si existen amenazas concretas de violencia hacia otras personas o hacia sí mismo, es importante buscar ayuda profesional y activar los servicios de emergencia correspondientes.

Conclusión

El caso de los gemelos de Torreón nos enfrenta a una realidad incómoda: la violencia no aparece de la nada.

Detrás de algunos actos violentos pueden existir procesos prolongados de aislamiento, resentimiento, deshumanización y radicalización que se desarrollan tanto fuera como dentro de internet.

La comunidad incel no explica por sí sola la violencia de estos casos y sería incorrecto utilizarla como etiqueta automática. Sin embargo, la evidencia disponible muestra que determinados espacios incel radicalizados han construido discursos que normalizan la misoginia y, en algunos casos, celebran la violencia. (PubMed)

Por eso, prevenir no significa esperar a que alguien sea violento.

Significa intervenir antes: educar sobre relaciones y consentimiento, fortalecer habilidades emocionales, cuestionar la misoginia, crear espacios de pertenencia saludables y aprender a identificar señales de radicalización.

La violencia también se previene trabajando con las ideas que la hacen parecer justificable.

Referencias
  • La Jornada. Investigan vínculos de los atacantes de la secundaria de Torreón con movimiento ‘Incel’ y grupos digitales violentos. (La Jornada)
  • La Jornada. Coahuila: indagan nexos de cuates con colectivos que alientan ataques. (La Jornada)
  • El País. Los dos hermanos que atacaron la escuela de Torreón, vinculados a proceso por homicidio. (El País)
  • Reuters. Attack at Mexico secondary school kills vice principal, injures three. (Reuters)
  • Jaki, S. et al. / Current Psychology. The incel phenomenon: A systematic scoping review. (DOI)
  • Ging, D. Alphas, Betas, and Incels: Theorizing the Masculinities of the Manosphere. / literatura académica sobre masculinidades e incelosfera.
  • PubMed. “This is a political movement, friend”: Why “incels” support violence. (PubMed)
  • Stochastic Gender-Based Violence: How Incels Justify and Encourage Sexualized Violence Against Women. (PubMed Central (PMC))
  • Oxford Academic. Threatening Women: The Logic of Misogyny, análisis del caso de Elliot Rodger. (OUP Academic)
  • Witt, T. ‘If I cannot have it, I will do everything I can to destroy it’: The canonization of Elliot Rodger. (Tandfonline)
  • Imagen Google.