Blog

La infancia no es contenido: el costo emocional de exponer a niñas y niños en redes sociales

Cuando la vida familiar deja de ser privada

En octubre de 2026, la conversación en redes sociales alrededor de la creadora de contenido Eli Esparza tomó fuerza después de que su hija, de cuatro años, se convirtiera en blanco de burlas y ataques tras la difusión de parodias relacionadas con sus videos familiares. La situación abrió un debate sobre la exposición de niñas y niños en internet y las consecuencias que puede tener para quienes todavía están aprendiendo a reconocer y expresar sus emociones.

El caso nos coloca frente a una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando los momentos de la infancia que se comparten para entretener a una audiencia terminan siendo utilizados para ridiculizar a quienes aparecen en ellos?

No se trata de señalar a una familia ni de justificar las agresiones que recibió una niña. Las burlas, amenazas y mensajes de odio dirigidos hacia ella son inaceptables. Sin embargo, también es necesario mirar más allá de la polémica y cuestionar una práctica que se ha normalizado: compartir la vida de hijas e hijos como parte del contenido cotidiano de las redes sociales.

En una época en la que las experiencias familiares pueden generar reproducciones, seguidores e ingresos, la privacidad de la infancia se enfrenta a una realidad nueva. Lo que antes permanecía en el ámbito familiar ahora puede circular entre miles de personas, reproducirse fuera de contexto y permanecer disponible mucho después de que quienes lo protagonizaron hayan dejado de querer compartirlo.

La pregunta no es si madres y padres pueden publicar fotografías de sus hijas e hijos. La pregunta es qué responsabilidades tienen cuando deciden hacerlo y si están considerando las consecuencias que esa exposición puede tener para quienes todavía no pueden dimensionar su alcance.

Sharenting: cuando compartir también puede significar exponer

El término sharenting combina las palabras inglesas sharing y parenting y describe la práctica de compartir información, fotografías o videos de hijas e hijos en internet.

Publicar una fotografía familiar no implica automáticamente poner en riesgo a una niña o un niño. El problema aparece cuando la exposición es constante, incluye momentos íntimos o vulnerables, revela información personal o convierte experiencias de la infancia en contenido destinado a conseguir atención y reacciones.

Un berrinche, un llanto, una dificultad para regular las emociones o un momento de frustración pueden parecer graciosos para una audiencia adulta. Sin embargo, para quien protagoniza la escena, se trata de una experiencia que está viviendo sin necesariamente comprender que miles de personas podrán verla, comentarla o utilizarla posteriormente.

Aquí existe una diferencia importante entre acompañar el desarrollo de una niña o un niño y convertir ese desarrollo en un espectáculo.

La infancia necesita espacios para equivocarse, experimentar emociones y aprender sin sentir que cada reacción puede quedar registrada y convertirse en tema de conversación pública.

Además, una publicación no desaparece necesariamente cuando se elimina el video original. Otras personas pueden haberlo guardado, reproducido, editado o difundido en otras plataformas. Por eso, la decisión de publicar no debería limitarse a preguntarnos si el contenido resulta divertido en el presente, sino también si podría afectar la privacidad y el bienestar de quien aparece en él en el futuro.

¿Puede una niña o un niño consentir su propia exposición?

Uno de los argumentos frecuentes para defender la publicación de contenido infantil es que madres y padres tienen la responsabilidad de decidir por sus hijas e hijos. Y, efectivamente, las personas adultas deben tomar decisiones relacionadas con su cuidado y protección.

Pero esa responsabilidad no significa que la infancia carezca de derechos propios.

Una niña de cuatro años puede disfrutar de bailar frente a una cámara, reconocer que está siendo grabada e incluso pedir que le tomen una fotografía. Lo que difícilmente puede comprender a esa edad es el alcance de una publicación viral: quiénes podrán verla, cómo se utilizará, qué comentarios generará o si aparecerá nuevamente cuando tenga diez, quince o veinte años.

Por eso, el consentimiento infantil no debería reducirse a preguntar si alguien quiere salir en un video. También implica considerar su edad, su capacidad para comprender la situación, sus señales de incomodidad y su derecho a cambiar de opinión.

A medida que niñas, niños y adolescentes crecen, es fundamental escuchar sus preferencias y respetar sus límites. Incluso cuando una persona menor de edad acepta participar, las personas adultas siguen teniendo la responsabilidad de valorar si publicar ese contenido es realmente conveniente.

Que una niña o un niño quiera aparecer en cámara no significa que deba asumir las consecuencias de una decisión que todavía no puede dimensionar por completo.

La protección no consiste en negarles toda participación, sino en evitar que su imagen, sus emociones y sus experiencias queden a disposición de una audiencia sin considerar sus necesidades.

Cuando la infancia también genera ingresos

La discusión adquiere otra dimensión cuando madres y padres son personas creadoras de contenido y la vida familiar forma parte de su actividad económica.

En estos casos, los momentos cotidianos pueden convertirse en publicaciones que generan reproducciones, interacciones, patrocinios o ingresos publicitarios. La presencia de hijas e hijos puede formar parte de la identidad de una cuenta y contribuir a mantener el interés de la audiencia.

Esto no significa que todas las familias que monetizan contenido actúen con malas intenciones. El problema es el conflicto de intereses que puede aparecer cuando una publicación beneficia económicamente a una persona adulta, pero la exposición recae sobre una niña o un niño.

¿Qué sucede cuando la audiencia espera ver las reacciones de una niña? ¿Qué ocurre si los momentos más vulnerables de la infancia son también los que generan más interacciones? ¿Puede una persona adulta decidir dejar de publicar si su audiencia se ha acostumbrado a conocer detalles de la vida familiar?

Son preguntas necesarias porque las decisiones de crianza pueden verse condicionadas por la lógica de las plataformas: publicar con frecuencia, mantener la atención y responder a las expectativas de quienes siguen una cuenta.

Cuando esto sucede, existe el riesgo de que la vida familiar comience a organizarse alrededor de lo que funciona frente a la cámara. Incluso sin una intención consciente de causar daño, puede volverse difícil distinguir entre un momento que pertenece a la intimidad familiar y uno que se considera útil para producir contenido.

Si la exposición genera ingresos, también resulta pertinente preguntarnos qué mecanismos existen para proteger los intereses de niñas, niños y adolescentes, incluida su privacidad y, cuando corresponda, su participación justa en los beneficios económicos derivados de su imagen.

La infancia no debería tener que convertirse en un recurso de producción para que una familia pueda sostener una audiencia.

El impacto emocional de crecer frente a una audiencia

No todas las niñas y los niños que aparecen en redes sociales experimentarán consecuencias emocionales negativas. El impacto depende de múltiples factores, entre ellos la naturaleza del contenido, el nivel de exposición, las reacciones de otras personas y la forma en que su entorno les acompaña.

Sin embargo, la exposición pública puede aumentar ciertas vulnerabilidades.

  1. La vergüenza y la pérdida de privacidad.

Un video que una persona adulta considera gracioso puede convertirse, años después, en una fuente de vergüenza para quien aparece en él. Una experiencia que podría haberse resuelto en el ámbito familiar queda disponible para otras personas, sin que la niña o el niño haya tenido la oportunidad de decidir cómo quería recordar ese momento.

  1. El ciberacoso y la humillación pública.

Cuando un contenido se viraliza, las reacciones dejan de estar bajo el control de la familia. Pueden aparecer burlas, imitaciones, comentarios sobre la apariencia o la conducta y mensajes agresivos. En situaciones graves, la niña o el niño puede convertirse en blanco de ataques de personas desconocidas.

La violencia digital no se vuelve menos dañina porque se presente como humor, entretenimiento o una simple opinión.

  1. La construcción de la identidad bajo la mirada ajena.

Durante la infancia se desarrolla progresivamente la percepción de quiénes somos, qué sentimos y cómo nos relacionamos con otras personas. Crecer sabiendo que existen videos públicos de nuestros momentos más íntimos puede generar inquietud sobre la manera en que otras personas nos perciben.

No podemos afirmar que toda exposición producirá este efecto, pero sí reconocer que la huella digital puede interferir en la autonomía y en la manera en que una persona desea presentarse ante el mundo.

  1. La confusión entre afecto y aprobación pública.

Si la atención de la audiencia se convierte en una parte constante de la vida familiar, es importante cuidar que niñas y niños no sientan que deben comportarse de determinada manera para generar reacciones, agradar a otras personas o mantener el interés de quienes observan.

Las personas adultas deben procurar que la infancia tenga experiencias en las que pueda expresarse libremente, sin que cada emoción deba resultar interesante para una cámara.

El objetivo no es generar miedo a las redes sociales, sino reconocer que la privacidad también forma parte del bienestar emocional.

La responsabilidad no termina en quien publica

El caso de Eli Esparza también permite observar otra dimensión del problema: una cosa es cuestionar la exposición infantil y otra muy distinta es utilizar ese cuestionamiento para justificar ataques contra una niña.

Cuando una persona publica contenido sobre su familia, la audiencia puede debatir las decisiones de crianza, señalar posibles riesgos y plantear críticas. Sin embargo, eso no convierte a las hijas e hijos en personas responsables de las decisiones de quienes les cuidan.

Una niña de cuatro años no tiene la misma capacidad de decisión que una persona adulta que publica un video, lo parodia o participa en su difusión. Tampoco tiene las mismas herramientas para gestionar una ola de comentarios hostiles.

La crítica puede dirigirse a las decisiones adultas sin reproducir la violencia contra la infancia.

Hacer imitaciones, compartir fragmentos fuera de contexto o incentivar que una audiencia se burle de una niña puede ampliar el alcance del contenido y convertir una discusión sobre crianza en una situación de hostigamiento.

Por eso, es necesario cuestionar la idea de que cualquier comportamiento puede utilizarse como entretenimiento si resulta viral. Las personas creadoras de contenido, las audiencias y las plataformas también participan en la construcción de los límites de lo que se considera aceptable en internet.

No podemos exigir que se proteja la infancia mientras participamos en dinámicas que la convierten en blanco de burlas.

La responsabilidad digital implica reconocer que detrás de una publicación hay personas reales, con una vida que continúa después de que termina el video.

¿Cómo compartir la crianza sin exponer la intimidad?

Proteger la privacidad infantil no significa que madres, padres y personas cuidadoras deban desaparecer de las redes sociales ni dejar de hablar de sus experiencias familiares. Significa establecer límites que permitan compartir sin poner el bienestar de la infancia en segundo plano.

Algunas medidas prácticas son:

  • Pensar antes de publicar. Preguntarnos si el contenido podría avergonzar, lastimar o comprometer la seguridad de la niña o el niño, tanto ahora como en el futuro.
  • Reservar los momentos vulnerables. Evitar publicar berrinches, llanto, castigos, dificultades emocionales, situaciones médicas o conflictos familiares como entretenimiento.
  • No revelar información identificable. Evitar nombres completos, uniformes escolares, ubicaciones en tiempo real, rutinas, domicilios y otros datos que permitan identificar o localizar a la infancia.
  • Escuchar sus límites. Cuando su edad lo permita, preguntar si quieren aparecer y respetar cuando expresen incomodidad. Su negativa no debería convertirse en motivo de presión.
  • Separar la crianza del rendimiento digital. No convertir cada experiencia familiar en una oportunidad para conseguir reproducciones o ingresos. Hay momentos que pueden disfrutarse sin grabarlos.
  • Revisar el contenido que ya se ha publicado. Eliminar publicaciones que expongan información sensible o que puedan afectar la dignidad y la seguridad de niñas, niños y adolescentes.
  • No participar en la difusión del acoso. Evitar compartir videos que ridiculicen a menores de edad, reproducir imitaciones que alimenten ataques o llevar comentarios hostiles a sus perfiles.

Estas acciones no eliminan todos los riesgos, pero ayudan a construir una relación más responsable con la tecnología y a reconocer que la privacidad de la infancia merece protección incluso cuando el contenido se publica con buenas intenciones.

Criar también significa proteger lo que no se comparte

Las redes sociales han transformado la manera en que mostramos nuestras vidas. Hoy es posible compartir la maternidad, la paternidad y las experiencias familiares con personas de lugares muy distintos. Esa posibilidad puede generar comunidad, acompañamiento y aprendizajes valiosos.

Pero también necesitamos cuestionar la idea de que todo lo significativo debe hacerse público.

Una niña o un niño no tiene por qué ofrecer acceso permanente a su vida para que las personas adultas puedan contar sus experiencias de crianza. Tampoco debería cargar con las consecuencias de una exposición que no eligió de manera plenamente informada.

El caso de Eli Esparza nos recuerda que la violencia digital contra la infancia es una realidad que debe tomarse en serio. Al mismo tiempo, invita a reflexionar sobre cómo se construye esa exposición, qué límites establecemos al publicar y qué responsabilidad tenemos cuando consumimos y difundimos contenido protagonizado por menores de edad.

No se trata de buscar culpables en cada familia que comparte una fotografía. Se trata de cambiar una cultura digital en la que la intimidad infantil puede convertirse fácilmente en entretenimiento.

Porque criar no es solamente acompañar lo que una niña o un niño hace frente a una cámara. También es proteger su derecho a equivocarse, a sentir, a crecer y a decidir qué partes de su historia quiere compartir cuando tenga las herramientas para hacerlo.

La infancia no necesita una audiencia para tener valor. Necesita personas adultas que la cuiden, incluso de aquello que internet puede convertir en público.

Referencias
  1. La Mejor. (12 de octubre de 2026). ¿Qué está pasando con Eli Esparza? La verdad detrás de la polémica tras críticas hacia su hija.
  2. UNICEF. ¿Qué es el sharenting? 7 preguntas sobre compartir información de tus hijos en línea.
  3. Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana de México. (6 de junio de 2025). Recomendaciones para proteger la información de menores en el ciberespacio.
  4. UNICEF México. Mantener seguros a niñas, niños y adolescentes en internet.
  5. El País. (22 de junio de 2026). ¿Acaso los padres comparten demasiada información en línea? Los riesgos ocultos para los niños.
  6. Imagen de google.