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La tragedia en Chile y la conversación incómoda sobre la responsabilidad parental

Cuando la presencia no significa cuidado

La reciente tragedia ocurrida en Chile, donde una niña pequeña perdió la vida tras caer desde el piso 11 de un edificio mientras se encontraba bajo el cuidado de su padre, generó indignación, tristeza y una fuerte conversación en redes sociales. De acuerdo con distintos reportes mediáticos, el caso también involucra una disputa por custodia y cuestionamientos sobre las condiciones de seguridad y supervisión en las que se encontraba la menor.

Más allá del impacto de la noticia, muchas personas comenzaron a hacerse preguntas incómodas pero necesarias: ¿qué significa realmente cuidar a una infancia?, ¿por qué seguimos confundiendo presencia con responsabilidad?, ¿porque socialmente se juzga de forma distinta a madres y padres cuando ocurre una negligencia?

Aunque ningún análisis puede reducir el dolor de una pérdida, este caso sí puede ayudarnos a reflexionar sobre algo urgente: la crianza no debería medirse por discursos, sino por responsabilidad activa, atención y cuidado cotidiano.

La presencia no siempre significa cuidado

Uno de los errores más comunes dentro de la crianza es pensar que compartir espacio con una niña o niño automáticamente equivale a supervisión.

Sin embargo, desde la psicología del desarrollo se sabe que las infancias requieren atención constante, especialmente durante los primeros años de vida. La curiosidad, el movimiento y la exploración forman parte natural del desarrollo infantil, pero también aumentan los riesgos cuando no existen medidas de seguridad adecuadas.

Muchas tragedias domésticas ocurren en segundos:

  • una puerta abierta,
  • un balcón accesible,
  • una distracción,
  • un momento sin supervisión.

Y aunque culturalmente solemos llamarles “accidentes”, la realidad es que muchos de ellos son prevenibles.

El cuidado no consiste solamente en “estar ahí”. Implica anticipar riesgos, generar entornos seguros y comprender que una infancia no puede autorregular peligros de la misma forma que una persona adulta.

La romantización de la paternidad mínima

La conversación alrededor de este caso también puso sobre la mesa una realidad incómoda: la diferencia con la que socialmente evaluamos a madres y padres.

Históricamente, a las mujeres se les ha impuesto una exigencia extrema dentro de la crianza. Cuando ocurre un accidente, las madres suelen ser señaladas inmediatamente:

  • “¿Dónde estaba?”
  • “¿Cómo no se dio cuenta?”
  • “¿Por qué no la cuidó?”

En cambio, cuando se trata de hombres, muchas veces la vara social cambia. Culturalmente seguimos aplaudiendo acciones básicas de cuidado masculino como si fueran extraordinarias.

Todavía es común escuchar frases como:

  • “Es un gran papá porque sí convive con su hija.”
  • “Ayuda mucho con la niña.”
  • “Por lo menos está presente.”

Pero cuidar no debería ser visto como un favor ni como un mérito excepcional. La crianza es una responsabilidad compartida que requiere compromiso emocional, atención activa y capacidad real de cuidado.

La presencia física no siempre significa responsabilidad emocional ni supervisión adecuada.

Custodia también significa responsabilidad

Otro aspecto importante de esta conversación tiene que ver con cómo entendemos la custodia.

Muchas veces el debate público se centra únicamente en el derecho de madres y padres a convivir con sus hijas e hijos, pero pocas veces se habla de la responsabilidad integral que eso implica.

Solicitar custodia o tiempo de convivencia también significa:

  • garantizar espacios seguros,
  • ejercer supervisión adecuada,
  • cubrir necesidades emocionales,
  • y asumir activamente el bienestar físico de una infancia.

La crianza no puede convertirse en una competencia de validación social ni en una demostración simbólica de afecto. El amor también se refleja en la capacidad de proteger.

¿Qué dice la psicología sobre el cuidado infantil?

Desde la psicología, el cuidado infantil implica mucho más que cubrir necesidades básicas.

Las infancias necesitan:

  • supervisión constante,
  • apego seguro,
  • regulación emocional,
  • adultos disponibles emocionalmente,
  • y ambientes predecibles y seguros.

Cuando una persona cuidadora está distraída, emocionalmente ausente o minimiza riesgos, pueden generarse situaciones peligrosas incluso dentro del hogar.

Además, la sobreconfianza suele ser un factor importante en accidentes infantiles. Muchas personas creen que “nunca pasará nada” porque el espacio parece familiar o seguro, cuando en realidad gran parte de los accidentes graves ocurren precisamente en casa.

Herramientas prácticas para una crianza más segura y consciente

1. Revisar riesgos cotidianos dentro del hogar

Balcones, ventanas, muebles cercanos a bordes, enchufes, escaleras y objetos pequeños deben evaluarse constantemente desde la perspectiva de una infancia curiosa.

2. Evitar la supervisión “pasiva”

Estar en la misma casa no equivale a supervisar. Las niñas y niños pequeños necesitan atención activa, especialmente en espacios de riesgo.

3. No normalizar el agotamiento extremo

El cansancio físico y emocional afecta la atención, la capacidad de reacción y la toma de decisiones. Pedir ayuda también es una forma de cuidado.

4. Dejar de romantizar la negligencia mínima

Cuidar no es “ayudar”. No debería felicitarse lo básico mientras se invisibiliza la carga física y emocional que suele recaer sobre las mujeres.

5. Construir una crianza compartida y responsable

La responsabilidad parental no depende del género. Toda persona cuidadora debe asumir activamente el bienestar y la seguridad de las infancias.

Conclusión

La tragedia ocurrida en Chile no debería quedarse únicamente como una noticia viral o una conversación momentánea en redes sociales.

También debería servir para cuestionar cómo entendemos el cuidado, la responsabilidad parental y las desigualdades que todavía existen dentro de la crianza.

Porque amar a una infancia no siempre es suficiente si ese amor no se traduce en atención, protección y responsabilidad cotidiana.

Las niñas y niños necesitan personas adultas verdaderamente presentes:
no solo físicamente,
sino emocionalmente disponibles, conscientes y comprometidas con su seguridad.

Y quizá una de las conversaciones más urgentes hoy sea dejar de confundir presencia con cuidado.

Referencias