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“No son formas”… hasta que gana México: la doble moral entre protesta y festejo en el espacio público

Cuando el caos sí se perdona

México ganó, la emoción se desbordó y las calles volvieron a llenarse de personas celebrando. Tras el triunfo de la Selección Mexicana en el Mundial 2026, miles de aficionades salieron a Paseo de la Reforma, el Ángel de la Independencia, el Zócalo y distintos puntos de la Ciudad de México para gritar, cantar, abrazarse y compartir un momento de euforia colectiva. Como suele ocurrir cuando el fútbol toca fibras de identidad nacional, la ciudad se convirtió en una gran fiesta.

Pero junto con la celebración llegaron también las imágenes que ya empiezan a repetirse como parte del mismo ritual: toneladas de basura en la vía pública, botellas y envases tirados, afectaciones a la movilidad, peleas, personas detenidas e incidentes dentro y fuera de la capital. Y entonces aparece una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿por qué este tipo de desorden suele leerse como “euforia” o “pasión”, mientras que cuando la calle se ocupa para protestar, exigir justicia o denunciar violencias, la reacción suele ser mucho más dura?

No se trata de comparar el fútbol con una causa social ni de decir que celebrar esté mal. Se trata de observar con honestidad la forma en que se juzga el uso del espacio público en México. Porque cuando madres buscadoras, colectivas feministas o personas manifestantes salen a la calle para exigir respuestas, una parte importante de la conversación pública se centra en reprochar “las formas”, el cierre de calles, las pintas o la incomodidad que generan. En cambio, cuando el desorden nace del festejo futbolero, con frecuencia se minimiza como parte de la fiesta.

La pregunta, entonces, no es solo qué se ensucia, qué se rompe o qué se altera. La pregunta de fondo es qué desorden nos molesta de verdad y cuál estamos dispuestxs a perdonar dependiendo de quién ocupa la calle y para qué.

La celebración como permiso social para desbordarse

El fútbol tiene un peso emocional enorme en México. No solo es un deporte: es una narrativa de pertenencia, orgullo y esperanza compartida. Por eso, cuando la Selección gana, especialmente en un Mundial, la celebración se vuelve una experiencia colectiva que muchas personas sienten como propia. Las calles se llenan de camisetas, banderas, música, alcohol, abrazos, cánticos y una energía que parece suspender por unas horas la rutina de la ciudad.

Ese desborde no es casual. La cultura futbolera ha normalizado la idea de que la euforia justifica ciertos excesos: gritar hasta la madrugada, treparse a monumentos, bloquear el paso, lanzar objetos, dejar basura o protagonizar riñas. No todes participan de esa manera, por supuesto, pero cuando ocurre, el relato social suele amortiguar la gravedad de lo sucedido. Se dice que “así se vive el fútbol”, que “la gente solo estaba emocionada” o que “es una vez cada tanto”. Es decir, el caos se integra al imaginario de la celebración.

Ahí es donde empieza el problema. Porque el espacio público no deja de ser público por el hecho de que el motivo sea un triunfo deportivo. La basura no pesa menos porque haya sido dejada por aficionades felices. La violencia no se vuelve aceptable porque ocurra entre cánticos, espuma y banderas. Y el daño a la ciudad no debería ser menos preocupante solo porque se produzca en nombre del entretenimiento, la pasión o el orgullo nacional.

Cuando la protesta incomoda, la conversación cambia

Ahora bien, pensemos en lo que pasa cuando la calle se ocupa por otros motivos. Cuando familias de personas desaparecidas marchan con fotografías en las manos, cuando colectivas feministas protestan contra la violencia machista, cuando grupos ciudadanos bloquean una avenida para exigir atención institucional, la reacción suele cambiar de inmediato. En lugar de preguntarse primero por la causa del dolor o la urgencia de la exigencia, buena parte del debate se desplaza hacia el impacto de la protesta en la vida cotidiana.

Entonces aparecen frases conocidas: “así no son las formas”, “no se logra nada destruyendo”, “perjudican a otras personas”, “deberían protestar sin afectar”. El centro de la conversación deja de ser la desaparición, el feminicidio, la impunidad o la violencia estructural, y pasa a ser la molestia, la pinta, la vialidad o el monumento. La incomodidad del resto pesa más que la razón de la protesta.

Lo que esta diferencia revela no es solo una preferencia por el orden. Revela una jerarquía de legitimidades: hay ocupaciones de la calle que se consideran comprensibles, incluso cuando generan caos, y otras que se criminalizan casi de inmediato, aunque respondan al dolor, la urgencia o la falta de respuestas institucionales.

La doble moral no está en celebrar, sino en la vara con la que se mide

El problema no es que la gente festeje. Celebrar también es una forma de comunidad, de identidad y de alegría compartida. El problema aparece cuando el mismo acto de desbordarse en lo público recibe lecturas completamente distintas según quién lo protagonice y con qué intención.

Si un grupo de personas aficionadas deja basura, bloquea una avenida o provoca disturbios tras un partido, se habla de euforia. Si un grupo de manifestantes pinta una pared, interrumpe el tránsito o toma una plaza para exigir justicia, se habla de vandalismo. Si la ciudad amaneció con residuos tras un triunfo del Tri, se asume como el costo de una fiesta masiva. Si una marcha deja pintas o mobiliario intervenido, se exige castigo, orden y mano dura.

Eso es lo que vale la pena nombrar como doble moral: no la existencia de festejos o protestas, sino la manera desigual en que se juzgan sus efectos sobre el espacio público.

La vara cambia dependiendo del origen del desorden. El caos se vuelve tolerable si viene envuelto en nacionalismo, entretenimiento o masculinidad festiva. Se vuelve intolerable si nace del duelo, la rabia, la denuncia o la exigencia de justicia. Una ciudad que perdona el exceso cuando celebra, pero condena la incomodidad cuando alguien exige respuestas, no está defendiendo el orden: está decidiendo qué emociones son socialmente aceptables y cuáles deben reprimirse.

¿Qué nos molesta realmente: el daño o la causa?

Aquí es donde la conversación se vuelve más incómoda, pero también más honesta. Si de verdad nos preocupa por igual el cuidado de la ciudad, la seguridad o el respeto al espacio público, entonces la crítica tendría que ser consistente en todos los casos. Tendríamos que cuestionar con la misma firmeza la basura, los daños y la violencia, sin importar si vienen de una marcha o de un festejo futbolero.

Pero muchas veces no ocurre así. Lo que parece molestar no es únicamente el daño material, sino la carga política y emocional de la protesta. La marcha no solo ocupa la calle: interrumpe la normalidad, recuerda una herida abierta, obliga a mirar aquello que muchas personas preferirían no ver. La protesta incomoda porque rompe el pacto de silencio, porque exhibe fallas del Estado, porque convierte el dolor privado en una demanda pública.

En cambio, el festejo suele percibirse como un exceso sin conflicto de fondo. Se tolera más porque no confronta, no denuncia y no exige respuestas. Celebra algo que une, no algo que cuestiona. Por eso, incluso cuando se desborda, se le trata con más indulgencia.

No toda protesta ni todo festejo son iguales, pero la conversación sí debería ser más justa

También es importante decirlo con claridad: no toda protesta implica daños y no todo festejo termina en violencia. Sería injusto reducir cualquiera de los dos fenómenos a sus peores expresiones. Hay manifestaciones profundamente pacíficas y hay celebraciones futboleras completamente cuidadosas. La intención aquí no es simplificar, sino evidenciar una lógica social que aparece una y otra vez cuando se habla del espacio público.

La crítica no tendría que ser “está mal protestar” ni “está mal celebrar”. La crítica tendría que apuntar a la inconsistencia con la que se reparten la empatía, la paciencia y la legitimidad. Porque si la ciudad es de todes, entonces la conversación sobre cómo se usa también tendría que ser más honesta y menos selectiva.

Herramientas para reflexionar la conversación pública

1. Preguntarnos qué estamos condenando realmente

Antes de reaccionar a una protesta o a un festejo, vale la pena preguntarnos si lo que nos molesta es el daño concreto o la causa que lo originó. No es lo mismo criticar una conducta específica que deslegitimar una exigencia social entera.

2. Distinguir entre explicación y justificación

Entender por qué una protesta nace del dolor o por qué un festejo se desborda no significa justificar cualquier acción. Pero sí permite analizar los hechos con más contexto y menos prejuicio.

3. Aplicar la misma vara

Si la basura, la violencia o el daño al espacio público nos preocupan, entonces tendríamos que condenarlos de manera consistente, sin importar si vienen de una marcha, una celebración, un concierto o cualquier otro evento masivo.

4. No perder de vista la causa de fondo

En el caso de las protestas, enfocarse solo en “las formas” puede borrar la urgencia del problema que las origina. Hablar de pintas sin hablar de desapariciones, feminicidios o impunidad es una forma de desviar la conversación.

5. Defender una cultura pública más responsable

Celebrar no tendría que ser sinónimo de destruir, y protestar no tendría que ser automáticamente criminalizado. Una ciudad más justa también se construye con una ciudadanía que aprende a habitar el espacio público con responsabilidad y con empatía.

No se trata solo de la basura, sino de a quién se le permite incomodar

Los festejos por los triunfos de México en el Mundial 2026 volvieron a mostrar el poder del fútbol para convocar, emocionar y unir. Pero también dejaron ver algo más profundo: la forma desigual en que se juzga el desorden cuando ocurre en el espacio público. La basura, los incidentes y la violencia no desaparecen por el hecho de estar acompañados de banderas, cánticos o goles. Tampoco deberían convertirse en anécdotas menores solo porque nacen de la alegría colectiva.

Al mismo tiempo, las protestas no tendrían que ser reducidas a una discusión sobre “formas” cada vez que interrumpen la comodidad de la ciudad. Cuando una sociedad tolera el caos del festejo, pero condena con severidad la incomodidad de la protesta, no está siendo neutral: está eligiendo qué emociones entiende, cuáles minimiza y qué voces considera legítimas en el espacio público.

Tal vez la pregunta más honesta no sea si las calles deben usarse para celebrar o para protestar. Tal vez la pregunta sea por qué unas ocupaciones de la calle se narran como fiesta y otras como amenaza, aun cuando ambas alteran la normalidad. Porque la doble moral no está solo en lo que se ensucia o se rompe, sino en quién tiene permiso social para incomodar y quién no.

Referencias